miércoles, 28 de mayo de 2014

Ansia Viva


La nueva cristalera dejaba pasar la luz de forma tamizada, celeste y con sabor a riachuelo. Marcos al fin comprendía lo bien que  se sentían casi todos sus vecinos dentro de sus casas. Ya no tenia razones para envidiarlos.  
Sentado en el sofá de al menos  veinticinco mil plazas, destinadas a acoger a sus numerosos amigos, y, tapizado en color topo oscuro holográfico, Marcos leía con indiferencia y dificultad debido al fastidioso dolor de cabeza que la fiesta de la noche anterior le había dejado de recuerdo, una ya popular  historia erótica, en su e- book de dimensiones titánicas, último modelo,  que le había visto  al hijo de   su compañero de trabajo.
El día primaveral  y templado, invitaba a pasear por el extenso jardín que poseía la finca y en donde se hallaba Elena, su preciosa esposa, que como no; también le dejaba indiferente.
Elena, cuidaba con mimo todos los detalles de ese extraño jardín botánico abarrotado de especies exóticas del  que su esposo se había antojado hacia ya años. Si no recordaba mal, Marcos lo habría visitado unas cinco veces. Todas coincidiendo con fiestas o reuniones que ella organizaba a demanda de su marido, y, en las que casi todos los invitados se limitaban a actualizar sus nuevas adquisiciones, de las que Marcos tomaba buena nota.
El jardín hacia juego con el resto de jardines de todos los vecinos, de modo, que la zona urbanizada donde residían Elena y  Marcos, en lo alto de la mejor colina de la ciudad, parecía una isla tropical en medio de Madrid. Las alergias eran comunes entre sus habitantes, pero ninguno había  llegado a la lógica conclusión de que podían deberse a semejante dispendio de exotismo.

Con una última lectura rápida, Marcos concluyó la insoportable historia,  y, soltó el e- book con desdén sobre el cojín de cachemir gris perla que había hecho traer de Turquía. La gama de los grises era la única que aun no había visto en casa de ningún vecino y, se sentía muy orgulloso de haber conseguido unas tapicerías tan originales y elegantes

A continuación, tenía previsto un partido de pádel  y llevaba toda la mañana tentado de anularlo buscando una buena escusa para ello. Alegar el  dolor de cabeza producto del desmadre de la noche anterior,  que ya le taladraba la sien, no resultaría suficiente. Además,  en su poca predisposición deportiva de esa mañana influían otros aspectos;
Hacía poco que, acuciado por la imperiosa necesidad de poder asistir y participar en las reuniones dominicales de sus vecinos, consistentes básicamente en un almuerzo en el club social de la zona, precedido por la necesaria exhibición deportiva en algún deporte  de moda, necesitó contratar los servicios del mejor profesor en la disciplina. Como era  esperar, aun no la dominaba y eso le creaba una aguda inseguridad infantil. Marcos intentaba compensar este fastidioso detalle, portando las mejores equipaciones, pero esa mañana  tampoco eso, era bastante para animarlo. También tenía  muy presente que necesitaba algo de descanso para poder afrontar como es debido la extraña fiesta que Bruno, su vecino de enfrente, organizaba esa noche y, que había creado mucha expectación entre todo el  circulo de Marcos. Se daba la curiosa circunstancia de que su vecino estaba recién divorciado de Sonia y nadie se esperaba fiestas, en estos supuestamente dolorosos momentos.  Para colmo,  la inoportuna  avería del deportivo con el que solía desplazarse estos días, lo obligaba a utilizar el mini de Elena y eso fundía su autoestima de forma fulminante  Así pues todos estos asuntos de suma importancia, determinaron finalmente el ánimo de Marcos, y , con un sencillo mensaje anuló la reunió deportiva.

Durante toda la semana,  Bruno, había estado de allá para acá alegremente, mostrado una energía casi juvenil, invitando a sus queridos vecinos, a la fiesta- presentación de esa misma noche. El vecindario al completo estaba invitado e intrigado por el inmejorable ánimo de Bruno. Marcos, e incluso Elena, se preguntaban quien habría organizado tan prometedora reunión, si siempre había sido Sonia la encargada de estos asuntos.

Marcos decidió dedicar el tiempo libre que le había quedado, para preparar lo que su mujer, y el mismo,  llevarían a la fiesta. La invitación indicaba etiqueta. Se aseguró junto con la chica del servicio, de  qué, vestido, joyas, zapatos y abrigos estuviese listos y en perfecto estado para las ocho. Tenía ganas de estrenar el precioso reloj que le había copiado a Bruno y que sustituiría al anterior, regalo  de  su mujer por su cumpleaños, que tanto le había costado conseguir, pues era un modelo descatalogado  que le había visto mirar con deseo a su marido en la joyería de su primo.
  
A las ocho, Elena esperaba en el vestidor,  vistiendo   su piel blanca y un  Dior rojo,  impecablemente.  Marcos bajaba las escaleras  segundos después, portando una caja alargada. Se la ofreció a Elena, mientras aprobaba con la mirada y  sin malgastar palabras, el vestido escogido para  su mujer. Elena abrió la cajita de terciopelo negro y reconoció de inmediato la gargantilla de Sonia. Aunque por supuesto esta incluía una mejoría; en vez de topacios, como la de su querida amiga, su regalo engarzaba esmeraldas y brillantes. Una nube de honda tristeza cubrió nuevamente su corazón. El brillo de la gargantilla sustituiría como otras veces, al lejano fulgor de sus ojos.  

La casa de Bruno tenía dimensiones similares a la de Marcos y Elena y, se hallaba cruzando la calle, por lo que  no necesitaban el coche para llegar.  Mientras dirigían sus pasos hacia la enorme casa,  Elena se sentía cada vez más triste, ya que estaba segura de echaría de menos mucho a su amiga. Habían vivido juntas muchas fiestas similares, reconocieron  sus mutuos abandonos desde el primer instante  y se acompañaron sus soledades y frustraciones  mutuamente.

Nada más abrir la puerta, Bruno se les acerco con un aspecto absolutamente jovial. Eufórico casi se atrevía a pensar Marcos. Rejuvenecido, y tan alegre estaba, que podría dar  la impresión de llevar bebiendo, horas.
Bruno acaparaba la atención y la sorpresa de los nuevos llegados, que no daban crédito a la espectacular remodelación de la casa en tan poco tiempo. Tras las amables frases de interés, y bienvenida, Bruno dirigió su mirada al centro de la estancia buscando algo. Por fin lo encontró, e, incitando a Marcos y Elena a seguirles, se dirigió al lugar de donde provenía su blanca sonrisa.
Entre la gente, se podía distinguir a medida que se acercaban, los destellos dorados de un vestido realmente peculiar. Marcos sintió con incomodidad, que el pulso se aceleraba.
Como si de una cámara lenta se tratase, aquella criatura se giró lentamente  hacia ellos, cuando Bruno le rozó el hombro atrayendo su atención.
Tendría unos veinticinco años,
Sus ojos eran dos carbones encendidos que no miraban nada en concreto.
Su boca; un trozo de fresa mordida se entreabrió para susurrar un breve saludo.
Su melena castaña, suelta, ondulada, esparcía sin compasión un olor dulce, intenso.
Y, en sus mejillas, dos  corales propios de su juventud, hacían que el conjunto resultase simplemente… perfecto.

-          Mi mujer. – Senteció  con soberana soberbia, Bruno.

PUM, PUM, hizo el corazón de Marcos.