La nueva cristalera dejaba pasar la luz de forma tamizada, celeste y con sabor a riachuelo. Marcos al fin comprendía lo bien que se sentían casi todos sus vecinos dentro de sus casas. Ya no tenia razones para envidiarlos.
Sentado en
el sofá de al menos veinticinco mil
plazas, destinadas a acoger a sus numerosos amigos, y, tapizado en color topo oscuro holográfico,
Marcos leía con indiferencia y dificultad debido al fastidioso dolor de cabeza
que la fiesta de la noche anterior le había dejado de recuerdo, una ya
popular historia erótica, en su e- book
de dimensiones titánicas, último modelo,
que le había visto al hijo
de su compañero de trabajo.
El día
primaveral y templado, invitaba a pasear
por el extenso jardín que poseía la finca y en donde se hallaba Elena, su preciosa
esposa, que como no; también le dejaba indiferente.
Elena,
cuidaba con mimo todos los detalles de ese extraño jardín botánico abarrotado
de especies exóticas del que su esposo
se había antojado hacia ya años. Si no recordaba mal, Marcos lo habría visitado
unas cinco veces. Todas coincidiendo con fiestas o reuniones que ella
organizaba a demanda de su marido, y, en las que casi todos los invitados se
limitaban a actualizar sus nuevas adquisiciones, de las que Marcos tomaba buena
nota.
El jardín
hacia juego con el resto de jardines de todos los vecinos, de modo, que la zona
urbanizada donde residían Elena y
Marcos, en lo alto de la mejor colina de la ciudad, parecía una isla
tropical en medio de Madrid. Las alergias eran comunes entre sus habitantes,
pero ninguno había llegado a la lógica conclusión
de que podían deberse a semejante dispendio de exotismo.
Con una
última lectura rápida, Marcos concluyó la insoportable historia, y, soltó el e- book con desdén sobre el cojín
de cachemir gris perla que había hecho traer de Turquía. La gama de los grises
era la única que aun no había visto en casa de ningún vecino y, se sentía muy
orgulloso de haber conseguido unas tapicerías tan originales y elegantes
A continuación,
tenía previsto un partido de pádel y llevaba
toda la mañana tentado de anularlo buscando una buena escusa para ello. Alegar
el dolor de cabeza producto del desmadre
de la noche anterior, que ya le
taladraba la sien, no resultaría suficiente. Además, en su poca predisposición deportiva de esa
mañana influían otros aspectos;
Hacía poco que, acuciado por la imperiosa
necesidad de poder asistir y participar en las reuniones dominicales de sus vecinos,
consistentes básicamente en un almuerzo en el club social de la zona, precedido
por la necesaria exhibición deportiva en algún deporte de moda, necesitó contratar los servicios del
mejor profesor en la disciplina. Como era esperar, aun no la dominaba y eso le creaba
una aguda inseguridad infantil. Marcos intentaba compensar este fastidioso
detalle, portando las mejores equipaciones, pero esa mañana tampoco eso, era bastante para animarlo. También
tenía muy presente que necesitaba algo
de descanso para poder afrontar como es debido la extraña fiesta que Bruno, su vecino
de enfrente, organizaba esa noche y, que había creado mucha expectación entre todo
el circulo de Marcos. Se daba la curiosa circunstancia de que su vecino estaba recién
divorciado de Sonia y nadie se esperaba fiestas, en estos supuestamente dolorosos
momentos. Para colmo, la inoportuna avería del deportivo con el que solía
desplazarse estos días, lo obligaba a utilizar el mini de Elena y eso fundía su
autoestima de forma fulminante Así pues
todos estos asuntos de suma importancia, determinaron finalmente el ánimo de
Marcos, y , con un sencillo mensaje anuló la reunió deportiva.
Durante toda
la semana, Bruno, había estado de allá
para acá alegremente, mostrado una energía casi juvenil, invitando a sus
queridos vecinos, a la fiesta- presentación de esa misma noche. El vecindario
al completo estaba invitado e intrigado por el inmejorable ánimo de Bruno.
Marcos, e incluso Elena, se preguntaban quien habría organizado tan prometedora
reunión, si siempre había sido Sonia la encargada de estos asuntos.
Marcos
decidió dedicar el tiempo libre que le había quedado, para preparar lo que su mujer,
y el mismo, llevarían a la fiesta. La
invitación indicaba etiqueta. Se aseguró junto con la chica del servicio,
de qué, vestido, joyas, zapatos y
abrigos estuviese listos y en perfecto estado para las ocho. Tenía ganas de
estrenar el precioso reloj que le había copiado a Bruno y que sustituiría al
anterior, regalo de su mujer por su cumpleaños, que tanto le había
costado conseguir, pues era un modelo descatalogado que le había visto mirar con deseo a su
marido en la joyería de su primo.
A las ocho, Elena
esperaba en el vestidor, vistiendo su
piel blanca y un Dior rojo, impecablemente. Marcos bajaba las escaleras segundos después, portando una caja alargada.
Se la ofreció a Elena, mientras aprobaba con la mirada y sin malgastar palabras, el vestido escogido
para su mujer. Elena abrió la cajita de
terciopelo negro y reconoció de inmediato la gargantilla de Sonia. Aunque por
supuesto esta incluía una mejoría; en vez de topacios, como la de su querida amiga,
su regalo engarzaba esmeraldas y brillantes. Una nube de honda tristeza cubrió
nuevamente su corazón. El brillo de la gargantilla sustituiría como otras
veces, al lejano fulgor de sus ojos.
La casa de
Bruno tenía dimensiones similares a la de Marcos y Elena y, se hallaba cruzando
la calle, por lo que no necesitaban el
coche para llegar. Mientras dirigían sus
pasos hacia la enorme casa, Elena se
sentía cada vez más triste, ya que estaba segura de echaría de menos mucho a su
amiga. Habían vivido juntas muchas
fiestas similares, reconocieron sus
mutuos abandonos desde el primer instante y se acompañaron sus soledades y frustraciones
mutuamente.
Nada más
abrir la puerta, Bruno se les acerco con un aspecto absolutamente jovial. Eufórico
casi se atrevía a pensar Marcos.
Rejuvenecido, y tan alegre estaba, que podría dar la impresión de llevar bebiendo, horas.
Bruno acaparaba la atención y la sorpresa de
los nuevos llegados, que no daban crédito a la espectacular remodelación de la
casa en tan poco tiempo. Tras las amables frases de interés, y bienvenida,
Bruno dirigió su mirada al centro de la estancia buscando algo. Por fin lo
encontró, e, incitando a Marcos y Elena a seguirles, se dirigió al lugar de
donde provenía su blanca sonrisa.
Entre la
gente, se podía distinguir a medida que se acercaban, los destellos dorados de
un vestido realmente peculiar. Marcos sintió con incomodidad, que el pulso se aceleraba.
Como si de
una cámara lenta se tratase, aquella criatura se giró lentamente hacia ellos, cuando Bruno le rozó el hombro
atrayendo su atención.
Tendría unos
veinticinco años,
Sus ojos
eran dos carbones encendidos que no miraban nada en concreto.
Su boca; un
trozo de fresa mordida se entreabrió para susurrar un breve saludo.
Su melena
castaña, suelta, ondulada, esparcía sin compasión un olor dulce, intenso.
Y, en sus mejillas,
dos corales propios de su juventud,
hacían que el conjunto resultase simplemente… perfecto.
-
Mi mujer. – Senteció con soberana soberbia, Bruno.
PUM, PUM,
hizo el corazón de Marcos.


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