Entraba ya el sol tímidamente por las rendijas de la
persiana. Como todas las noches, la dejaba siempre entreabierta para poder saber cuándo
amanecía. Y en cuanto esto sucedía, ya era tarde para ella, pero aún así, le encantaba ver entrar la luz tibia y
tamizada de la mañana. Aunque esto supusiera que ya era tarde, muy tarde y que
llevaría por lo menos dos horas de retraso, siempre parecía, al menos durante
un segundo, que una promesa de alegría podría hacerse realidad ese día.
No se había movido en horas,
y ahora que ya tenía que levantarse, sentía como un enorme imán la atrapase e imposibilitase hacerlo.
De buena gana se
quedaría pegada a ese imán toda la semana. Aunque… ¿Qué día era hoy?
Hizo repaso mental de
las tareas del día y se sintió totalmente agotada antes de empezar. No había
ninguna que quisiera hacer, aunque como
siempre, las realizaría todas con esmero y perfección.
Todas menos las que
ella deseaba realmente hacer. Pero en cuanto creía ver el momento para ponerse a
ello, ya era tarde. Siempre era tarde, por más horas que el día tuviese. Hace
tiempo ya que sus días como por arte de magia, comenzaron a tener primero 25,
luego 26,..27... hasta 30 horas que tenían actualmente. Y ni con eso, conseguía
hacer algo que no frustrase su corazón, que
por pura supervivencia, latía cada vez más despacito.
Se vistió con la ropa
prevista la noche anterior. Desayunó lo
mismo de todos los días y salió a la calle a la misma hora que todos los días.
Hacia frio y en sus oídos volvía a rugir
ese ensordecedor silencio que se le metía a la fuerza por la nuca hasta el
estomago donde se instalaba cómodamente durante todo el día.
Cumplió con las tareas
previstas y con pasos eternamente
lentos, volvió a toda prisa a casa. Allí la esperaban risueñas y divertidas, mil tareas por hacer.
Como una autómata, realizó
todas y cada una de ellas, en el riguroso orden preestablecido y estudiado
minuciosamente para rentabilizar al máximo sus 30 horas. Miró el reloj
nuevamente. Tarde. Ya era tarde para nada más, pero aun quedaba tiempo para
hacer algo más.
Y, de nuevo esa
conocidísima sensación de fin, de babosa nada, nubló sus ojos. Dos lágrimas rebeldes
escaparon de su corazón, pero las secó con rabia y rapidez para que no le
impidiesen ver lo que hacía
Se repuso con rapidez
y repasó la agenda, el calendario, apuntó los quehaceres del día siguiente,
preparó lo necesario para la tarde y la noche, y, volvió a consultar el reloj. Se
sentía muy cansada. No sabía si lo estaba realmente, pero así se sentía. Y la
vacía sensación de no haber hecho nada, apareció como todos los días a la misma hora.
Apenas quedaba tiempo para tomar algo y
poder descansar un poco. Coger fuerzas, cerrar los ojos y olvidarse de lo tarde
que era para ella, y para todo lo demás.
El sol brillaba con
fuerza. Era una invitación a la vida. Se acercaba la primavera y se evaporaban
las humedades.
Y, de pronto un puño
lleno de púas agarró sus tripas haciéndola doblarse de dolor. Emitiendo un
suspiro apenas audible, tuvo que sentarse unos minutos para poder seguir
respirando y poder dominar la negra angustia
y el incapacitante vértigo que la
ahogaban.
Entre sollozo y
sollozo, entre suspiro y suspiro, al fin levantó la cabeza. Miró por la
ventaba.
¡Pero qué día tan
bonito!
Esto tenía que acabar
o ella acabaría sin más.
Faltaba poco para la primavera. ¿Sería aun más tarde ya
para ella? Nada parecía indicar que la primavera fuese a cambiarle nada. Cambiarían
las cosas, las rutinas, los ritmos…pero nada cambiaría en ella.
¿Estaba segura?
Pues no lo sabía. Lo
que si que tenía claro es que nada ni nadie, ni tan siquiera la preciosa
primavera cambiaria nada para ella.
De lo que estaba
segura es que si quería algún cambio, tendría que ser ella quien lo realizase.
Y, apretando el
estomago, se levantó de nuevo.
Era tarde. Cierto. Muy
tarde.

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