jueves, 20 de febrero de 2014

Demasiado Tarde



Entraba ya  el sol tímidamente por las rendijas de la persiana. Como todas las noches, la  dejaba siempre entreabierta para poder saber cuándo amanecía. Y en cuanto esto sucedía, ya era tarde para ella, pero aún así,  le encantaba ver entrar la luz tibia y tamizada de la mañana. Aunque esto supusiera que ya era tarde, muy tarde y que llevaría por lo menos dos horas de retraso, siempre parecía, al menos durante un segundo, que una promesa de alegría podría hacerse realidad ese día.
No se había movido en horas, y ahora que ya tenía que levantarse, sentía como un enorme imán  la  atrapase e imposibilitase hacerlo.
De buena gana se quedaría pegada a ese imán toda la semana. Aunque… ¿Qué día era hoy?  
Hizo repaso mental de las tareas del día y se sintió totalmente agotada antes de empezar. No había ninguna que  quisiera hacer, aunque como siempre, las realizaría todas con esmero y perfección.
Todas menos las que ella deseaba realmente hacer. Pero en cuanto creía ver el momento para ponerse a ello, ya era tarde. Siempre era tarde, por más horas que el día tuviese. Hace tiempo ya que sus días como por arte de magia, comenzaron a tener primero 25, luego 26,..27... hasta 30 horas que tenían actualmente. Y ni con eso, conseguía hacer algo  que no frustrase su corazón, que por pura supervivencia, latía cada vez más despacito.
Se vistió con la ropa prevista  la noche anterior. Desayunó lo mismo de todos los días y salió a la calle a la misma hora que todos los días. Hacia frio y en sus oídos volvía  a rugir ese ensordecedor silencio que se le metía a la fuerza por la nuca hasta el estomago donde se instalaba cómodamente durante todo el día.
Cumplió con las tareas previstas y con  pasos eternamente lentos, volvió a toda prisa a casa. Allí la esperaban risueñas y divertidas,  mil tareas por hacer.
Como una autómata, realizó todas y cada una de ellas, en el riguroso orden preestablecido y estudiado minuciosamente para rentabilizar al máximo sus 30 horas. Miró el reloj nuevamente. Tarde. Ya era tarde para nada más, pero aun quedaba tiempo para hacer  algo más.
Y, de nuevo esa conocidísima sensación de fin, de babosa nada, nubló sus ojos. Dos lágrimas rebeldes escaparon de su corazón, pero las secó con rabia y rapidez para que no le impidiesen ver lo que hacía
Se repuso con rapidez y repasó la agenda, el calendario, apuntó los quehaceres del día siguiente, preparó lo necesario para la tarde y la noche, y, volvió a consultar el reloj. Se sentía muy cansada. No sabía si lo estaba realmente, pero así se sentía. Y la vacía sensación de no haber hecho nada,  apareció como todos los días a la misma hora. Apenas  quedaba tiempo para tomar algo y poder descansar un poco. Coger fuerzas, cerrar los ojos y olvidarse de lo tarde que era para ella, y  para todo lo demás.

El sol brillaba con fuerza. Era una invitación a la vida. Se acercaba la primavera y se evaporaban las humedades.

Y, de pronto un puño lleno de púas agarró sus tripas haciéndola doblarse de dolor. Emitiendo un suspiro apenas audible, tuvo que sentarse unos minutos para poder seguir respirando y poder dominar la negra angustia  y el  incapacitante vértigo que la ahogaban.
Entre sollozo y sollozo, entre suspiro y suspiro, al fin levantó la cabeza. Miró por la ventaba.
¡Pero qué día tan bonito!
Esto tenía que acabar o ella acabaría sin más.
Faltaba poco  para la primavera. ¿Sería aun más tarde ya para ella? Nada parecía indicar que la primavera fuese a cambiarle nada. Cambiarían las cosas, las rutinas, los ritmos…pero nada cambiaría en ella.
¿Estaba segura?
Pues no lo sabía. Lo que si que tenía claro es que nada ni nadie, ni tan siquiera la preciosa primavera cambiaria nada para ella.
De lo que estaba segura es que si quería algún cambio, tendría que ser ella quien lo realizase.

Y, apretando el estomago, se levantó de nuevo.
Era tarde. Cierto. Muy tarde.
Pero…  le daba igual. 


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