martes, 25 de febrero de 2014

¿Quien ?




Tu amor se transformó en algo desolado.
Ya no llueven tus besos,
secando así, la humedad de mis labios.
La radiación quemó
tu última esperanza;
el viento arrasó con tu fértil corazón;
como paisaje, solo quedan rocas frías
en la selva de tu querer.
Nada existe
de la vegetación
que fue tu amor.

De pronto se irguió y serena lo miró a los ojos rebuscando ansiosa en ellos, algo de  verdad. Una verdad ciertamente esquiva en los últimos tiempos.
Como agazapada entre ese absurdo en el  que vivían día a día.

-        -   ¿Me quieres?- preguntó con un firme hilo de voz.

Él la miro desconcertado. Hacía meses que ya no estaban juntos. Ese día tomaban un café por casualidades del destino, y la conversación relajada y trivial que tanto le estaba agradando, no presagiaba una pregunta así. Aunque tampoco le extrañó en ella, tan inquisitiva siempre.
-    - Claro que te quiero. Mucho, lo sabes. – respondió casi con un hilo de voz y sin poder disimular su sorpresa. 
-        -  No.- Me refiero a que si me quieres de verdad. Como mujer. No como amiga. – le espetó casi irritada de comprobar que no había cambiado tal y como presentía, y volvía a farfullarle una respuesta ambigua de las suyas.
-          -  No creo que sea el momento de hacer esas preguntas. Las cosas no son blancas o negras, no son como las quieres tú. Las respuestas no son tal y como las deseas –intentó escapar nuevamente  él
-      -  Solo deseo respuestas. Ni azules ni verdes. Solo respuestas concretas, - volvió a especificar ella por enésima vez en los últimos meses.

Una vez más la misma conversación repetida y perdida.

AMBOS
No estaban tristemente juntos. Tampoco  alegremente separados. No se podían decir que se querían, pero lo hacían constantemente, sin poder evitarlo, con bellísimos  silencios y hermosas sonrisas a media luna. Sin perderse de vista el uno al otro aunque viajasen por universos distintos. Nada había definido aunque la indiferencia aún no los había adoptado.

ELLA.
Era esta una eterna  situación que la  mataba de pura inquietud. Todos los días, esperanzada, creía firmemente  que sería el último de su agonía. Que su paciencia, inexistente durante toda su vida, daría sus frutos. No concebía que la pudiese mantener durante mucho más tiempo en aquel limbo oscuro y frio porque conocía su sufrimiento. Ella creía de corazón, que quien  ama, no consiente  esas cosas. Creia que la luna por fin la miraría compasiva  y  le  ofrecería la tan reticente  respuesta. Desesperada, todas las noches con los ojos anegados en lagrimas la miraba suplicante fantaseando con que le haría saber qué estaba  pensando en él y que le rogaba de rodillas tan solo una respuesta. No la que tanto amaba y soñaba,  si no cualquier respuesta que dirigiese su viaje de una vez, hacia algún destino concreto, abandonando por fin, ese anden donde parecía haberse establecido de por vida.

ÉL
 En él, el  sufrimiento había crecido oculto  y sigiloso, enredando durante años lentamente  todo su corazón de raíces envenenadas de decepción, de largas esperas, de celos, amarguras y soledades. El amor que sentía por ella, hacia las veces de anestésico y por eso, nunca se percató del daño que amarla le estaba ocasionando. La mala hierba se había extendido por su paladar matando los dulces sabores que antaño dejase descansando sobre  su piel. También alcanzó su cerebro, engendrando sospechas, desconfianzas y miedos, incluso hacia cualquier ser viviente que se le pudiese acercar, aun con las mejores intenciones.
Descubierto el mal, un mal día, decidió actuar con rapidez cortando de raíz el origen del mismo.; Ella.
Sentía con urgencia la necesidad de  espacio,  de un  aire limpio  que soplase con violencia, alejando esa sensación de perdedor que inundaba sus días y sus  noches. Las dudas, venenosos frutos  del contagio, nublaban su entendimiento y sus sentimientos que, oscilaban sin cesar mareándole y causándole nauseas cada vez que se acercaba o se alejaba de ella.
No la cogía, no la soltaba y se espantaba ante la idea de que otros pudiesen cogerla.
Rabioso por haber tenido el valor de usar el hacha y cortarla de su vida, le escupió parte de su veneno y de su dolor tal vez con la esperanza de calmar sus ansias de salud o tal vez creyendo que de ese modo ella  se alejaría  de él, evitándole el mal rato de tener que hacerlo él mismo. Le dijo   que no la quería, que no la deseaba, pero que era la mujer más hermosa que había visto nunca. Con fraternales besos y cercanos abrazos llenos de inconsciente venganza, susurraba en sus oídos, que su compañía era la única alegría de su vida, pero por las noches las palabras de amor se las susurraba a otra.
Y cada palabra que le decía, cada beso negado, cada respuesta devorada, sus luces se apagaban, sus dolores crecían y sus fortalezas se afianzaban.
No podía más. Quería escapar de sí mismo y al mismo tiempo, de ella.

ELLA
Y así, nadando en un mar de incertidumbres y angustias donde un día podía ser si, otro no y otro tal vez, sobrevivía,  desorientada, angustiosamente pérdida. Y cada  mañana después de que la noche hubiese vuelto a negarle su respuesta,  tomaba agotada una decisión distinta que se diluía entre las semanas  que pasaban hasta poder verle nuevamente. Atrapada como estaba  entre sus sentimientos, los  que imaginaba en él, y  los que sabía que debía sentír y que debían guiar sus pasos, pasaban los meses agitados, serenos, subiendo y bajando vertiginosamente por una montaña rusa de incongruencias.
Lo amaba con intensidad. Desde el primer día. De cualquier forma. A cualquier hora y en cualquier lugar.
Pero desayunaba su abandono, almorzaba su humillación y cenaba en soledad. Y aún así, desquiciada ya, lo  amaba locamente.

EL
Sobre sus sentimientos no tenía nada claro. Ciertamente, la amó con pasión y sorpresa. Ciertamente la quería.  Creyó que ella había sido el más bello regalo  que los cielos le enviaron. No llegaba a comprender cómo podía merecer algo así, pues la visión que tenia de si mismo, maltratada por la vida, había dejado un reflejo retorcido, arrugado y gris de sí mismo.  Su amor lo elevó de la mediocridad y le otorgó ese  nuevo estatus de hombre valioso que fue perdido en por el camino, y,  redescubierto ahora, con el que cada vez se sentía mas cómodo y seguro. Tenía la certeza de que volver con ella, podría significar acceder nuevamente, agachar otra vez, de nuevo la posibilidad de equivocarse... y que todo eso, conllevaría la vuelta a los bajos fondos de la mediocridad donde en realidad nunca vivió.
Pero …  su lejanía le producía tal  desazón.

AMBOS
Mientras ella se desgranaba, él ganaba tiempo.
Y, así deambulando tristemente el uno en el otro. Amándose sin hacerlo, perdonándose hasta lo que no dolía, dejaron que los labios de ella se convirtieran en cenizas de tanto arder por él, y que el gigantesco océano de amor que hidrató el desierto corazón de él, acabase por ahogarlo hundiéndole en los abismos del olvido donde hasta de amar se olvida uno.

ELLA
Entonces  un día, previo a la primavera, sucesor de otra noche más  de mudas lunas sin luz, ella  se levantó con ladrillos en los pies y se obligó a rememorar por última vez,  las calurosísimas tardes sobre aquel colchón de plástico, los eternos paseos reventados de conversación, los planes y los sueños…
Pieles, olores, palabras, amores, almas borrachas, saturadas de satisfacción. Perfecto él, perfecta ella.
El sol tomaba protagonismo.  Calentaba humedades nuevamente. Evaporaba lágrimas de glicerina.

ÉL
Y ocurrió  que un día previo a la primavera, sucesor de otra noche más en vela, él se levanto ligero y fresco y se obligó a no volver a pensar más en ella,  ni en sus trenzas  gris ceniza, ni en sus labios sabor melocotón, ni  en sus finísimas manos  y reconfortantes palabras en las dulces noches de luna.
El sol calentaba de nuevo, las de nuevo fértiles tierras de su corazón. Y lo hacía sin necesidad de ella. Evaporaba un pasado lleno de amor que le dejaba como agridulce legado, un gran amor. Pero ningún futuro de amor.

ELLA
Y así, poco a poco la luna menguó y su mirada se perdió en ella,  buscando una respuesta
Y así, por obligación y sangrando dolor, supo un día previo a la primavera,  con toda la certeza que él no encontrara, que alguien que ama, no hace cosas así.
EL
Y así, poco a poco su mirada inicio un viaje diferente buscando nuevos horizontes que le ofreciesen respuestas.
Y así,  por obligación, esperanzado e ilusionado, un día, previo a la primavera, supo con toda la certeza que ella nunca viese,  que alguien que ama, no hubiese hecho cosas así .

SUMA Y RESTA. RESULTADO;
Y  se marchó ella
Y  se marcho él.

Un  día, sin previo aviso, se irguió de pronto y le dijo.
-          Ya no te quiero.
Y esbozó una sonrisa tan grande como su dolor.

-          ¿Quién?- dije yo.
-          Qué más da. Los dos, uno, ninguno. – me respondieron.




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