Tu
amor se transformó en algo desolado.
Ya no llueven tus besos,
secando así, la humedad de mis labios.
La radiación quemó
tu última esperanza;
el viento arrasó con tu fértil corazón;
como paisaje, solo quedan rocas frías
en la selva de tu querer.
Nada existe
de la vegetación
que fue tu amor.
Ya no llueven tus besos,
secando así, la humedad de mis labios.
La radiación quemó
tu última esperanza;
el viento arrasó con tu fértil corazón;
como paisaje, solo quedan rocas frías
en la selva de tu querer.
Nada existe
de la vegetación
que fue tu amor.
De pronto se irguió y serena lo miró a los ojos rebuscando ansiosa en
ellos, algo de verdad. Una verdad ciertamente
esquiva en los últimos tiempos.
Como agazapada entre ese absurdo en el que vivían día a día.
- -
¿Me quieres?- preguntó con un firme hilo de voz.
Él la miro desconcertado. Hacía meses que ya no estaban juntos. Ese día
tomaban un café por casualidades del destino, y la conversación relajada y trivial
que tanto le estaba agradando, no presagiaba una pregunta así. Aunque tampoco
le extrañó en ella, tan inquisitiva siempre.
-
- Claro que te quiero. Mucho, lo sabes. –
respondió casi con un hilo de voz y sin poder disimular su sorpresa.
- - No.- Me refiero a que si me quieres de verdad.
Como mujer. No como amiga. – le espetó casi irritada de comprobar que no había
cambiado tal y como presentía, y volvía a farfullarle una respuesta ambigua de
las suyas.
- -
No creo que sea el momento de hacer esas
preguntas. Las cosas no son blancas o negras, no son como las quieres tú. Las
respuestas no son tal y como las deseas –intentó escapar nuevamente él
- -
Solo deseo respuestas. Ni azules ni verdes. Solo
respuestas concretas, - volvió a especificar ella por enésima vez en los
últimos meses.
Una vez más la misma conversación repetida y perdida.
AMBOS
No estaban tristemente juntos. Tampoco alegremente separados. No se podían decir que
se querían, pero lo hacían constantemente, sin poder evitarlo, con
bellísimos silencios y hermosas sonrisas
a media luna. Sin perderse de vista el uno al otro aunque viajasen por
universos distintos. Nada había definido aunque la indiferencia aún no los
había adoptado.
ELLA.
Era esta una eterna situación que
la mataba de pura inquietud. Todos los
días, esperanzada, creía firmemente que
sería el último de su agonía. Que su paciencia, inexistente durante toda su
vida, daría sus frutos. No concebía que la pudiese mantener durante mucho más
tiempo en aquel limbo oscuro y frio porque conocía su sufrimiento. Ella creía
de corazón, que quien ama, no consiente esas cosas. Creia que la luna por fin la
miraría compasiva y le ofrecería la tan reticente respuesta. Desesperada, todas las noches con
los ojos anegados en lagrimas la miraba suplicante fantaseando con que le haría
saber qué estaba pensando en él y que le
rogaba de rodillas tan solo una respuesta. No la que tanto amaba y soñaba, si no cualquier respuesta que dirigiese su
viaje de una vez, hacia algún destino concreto, abandonando por fin, ese anden
donde parecía haberse establecido de por vida.
ÉL
En él, el sufrimiento había crecido oculto y sigiloso, enredando durante años lentamente
todo su corazón de raíces envenenadas de
decepción, de largas esperas, de celos, amarguras y soledades. El amor que
sentía por ella, hacia las veces de anestésico y por eso, nunca se percató del
daño que amarla le estaba ocasionando. La mala hierba se había extendido por su
paladar matando los dulces sabores que antaño dejase descansando sobre su piel. También alcanzó su cerebro,
engendrando sospechas, desconfianzas y miedos, incluso hacia cualquier ser
viviente que se le pudiese acercar, aun con las mejores intenciones.
Descubierto el mal, un mal día, decidió actuar con rapidez cortando de
raíz el origen del mismo.; Ella.
Sentía con urgencia la necesidad de
espacio, de un aire limpio
que soplase con violencia, alejando esa sensación de perdedor que
inundaba sus días y sus noches. Las
dudas, venenosos frutos del contagio, nublaban su entendimiento y sus sentimientos
que, oscilaban sin cesar mareándole y causándole nauseas cada vez que se
acercaba o se alejaba de ella.
No la cogía, no la soltaba y se espantaba ante la idea de que otros
pudiesen cogerla.
Rabioso por haber tenido el valor de usar el hacha y cortarla de su
vida, le escupió parte de su veneno y de su dolor tal vez con la esperanza de
calmar sus ansias de salud o tal vez creyendo que de ese modo ella se alejaría
de él, evitándole el mal rato de tener que hacerlo él mismo. Le dijo que no
la quería, que no la deseaba, pero que era la mujer más hermosa que había visto
nunca. Con fraternales besos y cercanos abrazos llenos de inconsciente
venganza, susurraba en sus oídos, que su compañía era la única alegría de su
vida, pero por las noches las palabras de amor se las susurraba a otra.
Y cada palabra que le decía, cada beso negado, cada respuesta
devorada, sus luces se apagaban, sus dolores crecían y sus fortalezas se
afianzaban.
No podía más. Quería escapar de sí mismo y al mismo tiempo, de ella.
ELLA
Y así, nadando en un mar de incertidumbres y angustias donde un día
podía ser si, otro no y otro tal vez, sobrevivía, desorientada, angustiosamente pérdida. Y cada mañana después de que la noche hubiese vuelto
a negarle su respuesta, tomaba agotada
una decisión distinta que se diluía entre las semanas que pasaban hasta poder verle nuevamente. Atrapada
como estaba entre sus sentimientos, los que imaginaba en él, y los
que sabía que debía sentír y que debían guiar sus pasos, pasaban los meses
agitados, serenos, subiendo y bajando vertiginosamente por una montaña rusa de
incongruencias.
Lo amaba con intensidad. Desde el primer día. De cualquier forma. A
cualquier hora y en cualquier lugar.
Pero desayunaba su abandono, almorzaba su humillación y cenaba en
soledad. Y aún así, desquiciada ya, lo
amaba locamente.
EL
Sobre sus sentimientos no tenía nada claro. Ciertamente, la amó con
pasión y sorpresa. Ciertamente la quería. Creyó que ella había sido el más bello regalo que los cielos le enviaron. No llegaba a
comprender cómo podía merecer algo así,
pues la visión que tenia de si mismo, maltratada por la vida, había dejado un
reflejo retorcido, arrugado y gris de sí mismo. Su amor lo elevó de la mediocridad y le otorgó
ese nuevo estatus de hombre valioso que
fue perdido en por el camino, y,
redescubierto ahora, con el que cada vez se sentía mas cómodo y seguro.
Tenía la certeza de que volver con ella, podría significar acceder nuevamente,
agachar otra vez, de nuevo la posibilidad de equivocarse... y que todo eso,
conllevaría la vuelta a los bajos fondos de la mediocridad donde en realidad
nunca vivió.
Pero … su lejanía le producía
tal desazón.
AMBOS
Mientras ella se desgranaba, él ganaba tiempo.
Y, así deambulando tristemente
el uno en el otro. Amándose sin hacerlo, perdonándose hasta lo que no dolía,
dejaron que los labios de ella se convirtieran en cenizas de tanto arder por él,
y que el gigantesco océano de amor que hidrató el desierto corazón de él,
acabase por ahogarlo hundiéndole en los abismos del olvido donde hasta de amar
se olvida uno.
ELLA
Entonces un día, previo a la primavera,
sucesor de otra noche más de mudas lunas
sin luz, ella se levantó con ladrillos
en los pies y se obligó a rememorar por última vez, las calurosísimas tardes sobre aquel colchón de plástico, los eternos paseos
reventados de conversación, los planes y los sueños…
Pieles, olores, palabras, amores, almas borrachas, saturadas de
satisfacción. Perfecto él, perfecta ella.
El sol tomaba protagonismo. Calentaba humedades nuevamente. Evaporaba lágrimas
de glicerina.
ÉL
Y ocurrió que un día previo a
la primavera, sucesor de otra noche más en vela, él se levanto ligero y fresco
y se obligó a no volver a pensar más en ella, ni en sus trenzas gris ceniza, ni en sus labios sabor
melocotón, ni en sus finísimas manos y reconfortantes palabras en las dulces
noches de luna.
El sol calentaba de nuevo, las de nuevo fértiles tierras de su corazón.
Y lo hacía sin necesidad de ella. Evaporaba un pasado lleno de amor que le dejaba
como agridulce legado, un gran amor. Pero ningún futuro de amor.
ELLA
Y así, poco a poco la luna menguó y su mirada se perdió en ella, buscando una respuesta
Y así, por obligación y sangrando dolor, supo un día previo a la
primavera, con toda la certeza que él no
encontrara, que alguien que ama, no hace cosas así.
EL
Y así, poco a poco su mirada inicio un viaje diferente buscando nuevos
horizontes que le ofreciesen respuestas.
Y así, por obligación,
esperanzado e ilusionado, un día, previo a la primavera, supo con toda la
certeza que ella nunca viese, que
alguien que ama, no hubiese hecho cosas así .
SUMA Y RESTA. RESULTADO;
Y se marchó ella
Y se marcho él.
Un día, sin previo aviso, se irguió
de pronto y le dijo.
-
Ya no te quiero.
Y esbozó una sonrisa tan grande como su dolor.
-
¿Quién?-
dije yo.
-
Qué más
da. Los dos, uno, ninguno. – me respondieron.


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